sábado, 27 de diciembre de 2014

YO MISMA: ROCÍO MOLINA: CRÍTICA MUSICAL.



Crítica musical sobre Rocío Molina



MARIAN PIDAL




Rocío y yo
 
     La fotografía que cuelgo fue tomada el día que conocí a Rocío Molina. Yo era una de las personas invitadas a participar en una rueda de prensa en la que la bailaora hablaría del espectáculo que al día siguiente interpretaría en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo.
 
     A simple vista, me pareció una adolescente tímida -tenía veinte años, pero no los aparentaba-, pequeña y rellenita. En cuanto cruzamos unas palabras noté su fuerte personalidad y una sorprendente seguridad en sí misma.
 
      Seguimos hablando en la cena posterior a la rueda de prensa y, entonces, no lo dudé. Si se lo proponía se comería el mundo. Lo dije y tengo testigos. La intuición no me falló. Claro que se comió el mundo; a bocados. Tanto, que hoy es una de nuestras bailaoras más internacionales.
 
     Recuerdo que al despedirnos le dije: 'Rocío, por muy alto que llegues, no pierdas nunca esa sencillez que te hace tan grande'. Sin inmutarse me contestó: 'No hay problema. Mi madre me ha educado muy bien'.
 
     A continuación, os dejo la crítica que publiqué después de verla bailar en directo:
 
Pura sangre flamenca
 
El Auditorio Príncipe Felipe se llenó el jueves para ver a Rocío Molina, una bailaora y coreógrafa malagueña que a los veinte años puede presumir de tener compañía propia y de haberse desprendido de la incómoda etiqueta de niña prodigio para convertirse en una de las figuras más atrayentes del panorama flamenco actual. Sus actuaciones son un viaje de ida y vuelta; un recorrido por el túnel del tiempo arrastrando el equipaje de la sabiduría y el misterio del baile ancestral.
       Respondiendo a la invitación de Tribuna Ciudadana, Rocío Molina se presentó en Oviedo acompañada por el toque de Manuel Caza y Paco Cruz; las voces de Antonio Campos y David Lagos -infalible en el cante de atrás desde hace años-; el cajón flamenco de Sergio Martínez, y las palmas de Laura González. Baile, toque y cante se unieron para abrir boca con unas malagueñas, palo que en la actualidad se baila muy poco, y unos tangos de Málaga con un deje de El Piyayo. Rocío optó por la sobriedad, hasta en el vestido, y tanteó el escenario mientras oscilaba entre la quietud de las figuras y la agitación, sin derroche, de vaivenes y contorsiones. Recortó los espacios con precisión y se sumergió en una coreografía abrumadoramente intimista; se obstinó en que los pateos y las convulsiones fuesen los justos; se plegó a las insinuaciones de la guitarra y se acomodó con naturalidad a los cambios de ‘tempo’. A partir de ahí, la magia se apoderó de la escena y se alió con la dulzura y la sensualidad de la guajira. Rocío paseó el escenario solemne pero sin arrogancia; se cimbreó sin romperse y se aferró al suelo sin resultar estática. Cuidó con mimo la puesta en escena y estrenó para la ocasión una delicada bata de cola pintada a mano por su madre. Entre los volantes guardaba un abanico que movió con refinamiento mientras giraba las muñecas sin descanso ‘de dentro a fuera’, como aconsejaba Vicente Escudero, y las manos rendían culto a la improvisación. Al fondo, el cantaor intercalaba breves recitados en la guajira; ecos amables de Pepe Marchena.
        La bailaora se acogió al respiro que le brindó un pasaje vocal a palo seco y reapareció ataviada con su vestido preferido, el que está confeccionado con la tela de un sari indio. Las tablas se sobrecogieron con el dramatismo y la hondura de la soleá. Rocío se afanó por atrapar ondulaciones febriles y aleteos raciales; por asentar braceos limpios y zapateados contundentes. Al compás de los jaleos arrebatados de los músicos, la soleá se aceleró camino de la bulería hasta que el auditorio estalló en aplausos. Fue el poder del flamenco.
 
Artículo publicado por Marian Pidal en 2005 en el periódico 'El Comercio', de Gijón, España.

No hay comentarios:

Publicar un comentario