viernes, 26 de septiembre de 2014

DANZAS IMPOSIBLES: MANTONES DE MANILA Y PEINAS.



MANTONES Y PEINETAS 




MARIAN PIDAL





 
  'Baile en el Café Novedades de Sevilla'.
                Joaquín Sorolla. 1914
 
     La temática flamenca ha sido llevada a la pintura por numerosos artistas españoles, particularmente entre el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX. Entonces, el flamenco no tenía el reconocimiento artístico y social que atesora en la actualidad. Al contrario, se consideraba un arte menor interpretado por músicos de dudoso mérito y apreciado por señoritos cortijeros y 'gente de bronce', mayoritariamente.
 
 
     Entre el trasegar de alcohol, la niebla del tabaco y alguna muchacha de compañía, los cantaores y tocaores se enfrentaban a un público, generalmente, más ávido de juerga que de cultura.
 
 
     El baile flamenco, en apenas dos siglos de vida, ha recorrido un pedregoso camino a través de los escenarios más variados. Se ha refugiado en cuevas, patios de vecinos, botillerías y colmaos; ha saboreado la intimidad de las academias de baile, cafés, tablaos y peñas, y ha traspasado límites hasta asentarse en los grandes teatros y auditorios.
 
 
    La figura del bailaor comenzó a profesionalizarse y a dignificarse a finales del siglo XIX en el marco de los cafés cantantes. En estos locales el cante y el toque arropaban y mimaban al baile, sin duda el principal atractivo de las veladas.
 
 
     El café cantante servía de centro de tertulias, negocios y disfrute del flamenco. Los hubo destartalados pero también lujosos y sofisticados como el Eden Concert, El Villa Rosa, El Burrero, y el Novedades, entre otros muchos.
 
 
     La técnica de los bailaores no ha cesado de evolucionar al tiempo que las indumentarias femeninas y masculinas, por el contrario, se han ido  simplificado.  
 
 
     Las pinturas y fotografías del último suspiro del XIX y la primera bocanada del XX reproduce la imagen de bailaoras con traje de faralaes, zapatos de tacón bajo, castañuelas o abanico, y mantones de Manila y peinas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


 

 
     Las peinas o peinetas se utilizaban como aderezo y embellecimiento de la bailarina pero el mantón era algo más. Formaba parte indisoluble de la danza y se utilizaba solo en determinados palos atendiendo a un estudiado ritual.

 
     Hoy, los figurines de las bailaoras tienden a facilitar los movimientos más que a adornar a las artistas. Suelen ser de línea sencilla y apenas incluyen volantes. Pero, por muy vanguardistas y rompedoras que sean las danzarinas, siempre que pueden, incluyen en sus espectáculos algún número en el que sacan a relucir mantones y peinas espectaculares.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
JOAQUÍN SOROLLA Y BASTIDA,
27-II-1863, Valencia, España/10-VIII-1923, Cercedilla, España. Pintor.   
 

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